"Con nosotros quien quiera contra nosotros quien pueda" |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2006.
El borreguismo continúa pues, la sociedad prosigue su marcha destructiva y los jóvenes estudiantes (y la población en general) siguen acomodados a sus tristes vidas gracias a la felicidad embotellada y/u otros paliativos. La champanada de Navidad, la noche de Año Nuevo, las fiestas de informática, las de industriales, el macrobotellón y Villalar, son los últimos hitos destacados del triunfo de la alienación cervecera-calimochera. Ahora son los propios jóvenes, quienes influenciados por la televisión e Internet (en el caso del macrobotellón) convocan el espectáculo consumista tildándolo por parte de algunos para más INRI con aires de “contestatarios y rebeldes”. Haciendo un análisis más exhaustivo, vemos, por un lado, que a quienes más beneficia este tipo de actos no es a otras empresas que las que fabrican, distribuyen o venden bebidas (alcohólicas o no) ya que estas ven incrementadas considerablemente sus ventas con cualquier acto de este tipo. Por otro lado, están los residuos que se generan: plásticos, cristales, papeles (todo lo concerniente a su elaboración…) con el consiguiente despilfarro de materias primas, contaminación y Desde la antigüedad, la traición ha estado presente en la historia de la civilización europea y particularmente en la historia de España. Basta recordar ejemplos como el de los asesinos de Viriato, los partidarios del rey Witiza, que traicionaron al ejército español en la batalla de Guadalete, condenando así a nuestro pueblo a 800 años de ocupación, matanzas y esclavitud, el armero húngaro llamado Urban que accedió a construir el cañón más grande de la época para los turcos durante el asedio de Constantinopla, condenando así a los Balcanes a 500 años de ocupación y explotación turca. Sin olvidar al griego Ephialtes, que mostró a los persas un camino hasta la retaguardia de los espartanos de Leónidas. Todos estos traidores pasaron por alto el interés colectivo de sus pueblos y dieron prioridad a la obtención de una recompensa personal o a la satisfacción de una rivalidad mezquina. Algunos de ellos, como los asesinos de Viriato o Ephialtes, tuvieron la recompensa que realmente se merecían, “Roma no paga a traidores”, les dijeron a los primeros, mientras que Ephialtes, al ser derrotados los persas, tuvo que partir a un vergonzoso exilio para morir en extrañas circunstancias. Otros por desgracia, como Urban, se hicieron ricos a cambio de su traición, igual que miles de políticos |